Garífuna

Fotografía: ©2013Miguel Andrade (Chamuco)

Texto: ©2013 Eleonora Biasin

Prohibida la reproducción parcial o total del material literario o fotográfico sin permiso de los autores

PUNTA GORDA

Vagamos como sonámbulos en busca de alguna emoción que nos convenza de que valió la pena quedarnos en este pueblo, refundido en el sur de Belice, sin otro chiste aparente que hospedar entre negrosus habitantes a una nutrida comunidad garífuna, lo que representa el objetivo de nuestro viaje. Sin embargo, terminamos por sucumbir al sutil encanto del  silencio llenos de susurros: crujidos de hojas, piar quedo de pájaros, murmullo de  olas. Y dejamos a un lado nuestra perene angustia de citadinos apurados, para entrar en la calma de una dimensión un tanto onírica, donde dudas a veces si estás todavía entre los vapores del sueño o en los linderos de una realidad igualmente vaga y desenfocada.Llegamos al muelle y nos sentamos en la terraza de un bar cerrado, desde la cual podemos contemplar a un grupo de jóvenes que ríen, gritan y se echan al mar. También hay familias que nadan cerca de la orilla y de repente tienes la impresión de que el tiempo ha vuelto para atrás, hacia una época donde la diversión era ese chapotear, esa sencilla forma de convivir, libre de la estridencia de las bocinas y de la esclavitud de las máquinas de cualquier tipo. Todos son negros, la gran mayoría, según podemos discernir, son garífunas, todos son amables.

Deseamos una cerveza con la misma ansiedad de un explorador perdido en el desierto y retomamos nuestra peregrinación en búsqueda de que el espejismo se materialice. No lo logramos: la vida, según parece, se reanudará sólo después de las dos de la tarde. Sin embargo, el deambular nos depara un encuentro inesperado con un personaje extraño, de esos que sólo se pueden encontrar en lugares dejados de la mano de Dios, que al igual dan cobijo a santos y forajidos, a piratas y ermitaños. No nos queda claro a cuál categoría pertenece el “gringo”, un sobreviviente bastante bien conservado de la época hippie, que nos invita muy amable a pasar a su casa para contemplar su jardín. Me conmueve la exuberancia de la naturaleza, me da la impresión de un derroche, un alarde de absurda perfección y belleza, totalmente desproporcionados al exiguo público que la admira y disfruta. Descubrimos que se trata en realidad de un centro que acoge

a grupos de jóvenes estudiantes y vacacionistas del primer mundo, en búsqueda de emociones exóticas, siempre y cuando puedan seguir conectados con la civilización a través de Internet, servicio que el lugar proporciona y garantiza, junto con la seguridad de contemplar a la fauna local desde la protección que confiere la manada. La parte más interesante de la visita es la colección de instrumentos musicales garífunas, sobre todo tambores, y de utensilios tradicionales, usados en la preparación de los alimentos; de ellos sólo algunos han sobrevivido al arrollador avance de la modernidad y se siguen utilizando, pero también están a punto de pasar a la historia. Finalmente nos despedimos del gringo, no sin antes escuchar una explicación llena de entusiasmo acerca de sus proyectos a favor de las comunidades indígenas maya q’eqchí. Nos llama la atención y nos intriga que no mencione y no incluya en dichos proyectos a los garífunas.

 
"Finalmente nos despedimos del gringo, no sin antes escuchar una explicación llena de entusiasmo acerca de sus proyectos a favor de las comunidades indígenas maya q’eqchí. Nos llama la atención y nos intriga que no mencione en dichos proyectos a los garífunas."

“Finalmente nos despedimos del gringo, no sin antes escuchar una explicación llena de entusiasmo acerca de sus proyectos a favor de las comunidades indígenas maya q’eqchí. Nos llama la atención y nos intriga que no mencione en dichos proyectos a los garífunas.”

 Ya es de tarde y el pueblo, cumpliendo la predicción de los lugareños, empieza a revivir y con él también nosotros que logramos al fin conseguir nuestra anhelada y merecida cerveza.

De ahí en adelante todo vuelve a su lugar: nuestro humor, el vocerío y el alboroto de las calles, los restaurantes, las bicicletas, los borrachos, los niños, el cafecito de otra gringa hippie donde conoceremos a nuestro único garífuna de Punta Gorda. Es músico, y en efecto, vende instrumentos. Empieza a tocar para darnos una demostración de la sonoridad de los tambores y de inmediato es fiesta: se olvida de nuestra presencia y la música le entra en la piel, los dedos ya no pueden parar, el ritmo se hace cada vez más frenético, luego, de pronto, se vuelve cadencioso, casi melancólico, por un tiempo breve porque remonta otra vez y tú, ya no estás ahí en el frío e impersonal espacio lleno de sillas de plástico y pies de manzana, sino en el medio de la selva correteado por un jaguar que te jadea en la nuca y lo que oyes son los latidos acelerados de tu propio corazón o no, son las pisadas del animal sobre las rocas o es el bramido de unos rápidos por los cuales precipitaste o es el repiqueteo de la lluvia sobre los tejados…

Cuando regresas a la realidad la sonrisa de mazorca del muchacho te ofrece el instumento y tú te lo llevas con la ilusión de llevarte también al jaguar, la selva, las cataratas y hasta el cafecito con todo y sillas de plásticos y pies de manzana. El tamborcito se vuelve fetiche, ya es tu alma que se emociona y es el alma del músico que lo ha construido y tocado y gozado, y ahora te lo entrega con un poco de tristeza por tener que separarse de su criatura, de su compañero y tú le aseguras que ha caido en buenas manos, que si no será tocado tan bien, por lo menos será apreciado y querido y respetado y contemplado y puesto en un buen lugar para que alguien más, un día, lo haga cantar y vibrar de nuevo.

   Por lo pronto es un amuleto para la buena prosecución del viaje y estará sentado junto a mí en el asiento posterior del auto para seguir hablándome, aunque sea quedito.

BARRANCO: 

UN REDUCTO GARÍFUNA ENTRE LA SELVA Y EL MAR.

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 Hay que conquistárselo: una hora y media de brincos frenéticos sobre una brecha de terracería en el corazón de la selva. Pero la naturaleza es generosa y te recompensa con su fecundidad sin límites.

   Despierta la vocación botánica que todos tenemos agazapada adentro, con los especímenes más curiosos y raros de hojas y plantas, desde las diminutas a los gigantes arbóreos cuyas cabelleras se confunden con las nubes.

   Sorprende tu mirada escéptica con flores despampanantes, estrafalarias, angustiantes y tiernas. Te regala una imagen de infancia perdida en la risa de unos chiquillos que se zambullen en el brillo sosegado de una poza a la orilla del camino.

   La luminosidad del mar te engaña: atrás de cada recodo o al término de cada subida crees que te está esperando, pero encuentras selva y más selva.

   Te cruzas con poca gente: una familia maya que te mira con ojos de obsidiana cansada, algunos negros jóvenes quienes agotan sus bicicletas sobre las piedras, los habitantes de unas chozas que bostezan a la sombra de los árboles centenarios.

   Por fin, cuando perdiste las esperanzas, porque ya se adueñó de ti la convicción que estás persiguiendo un espejismo y el entusiasmo se te está avinagrando en pesadilla, llegas a un puñado de casitas sobre palafitos, carcomidas por el viento y trabajadas por la sal que ha vuelto su piel de madera, gris y ajada. No sabes todavía que ésta es una característica que comparten con sus habitantes humanos más viejos: el mismo tono cenizo, las mismas grietas, el mismo cansancio, el mismo abandono. Caminas por la única calle del pueblo en medio de miradas indecisas entre la curiosidad y la desconfianza pues no hay muchos turistas que llegan hasta aquí ¿y a qué vendrían?

"llegas a un puñado de casitas sobre palafitos, carcomidas por el viento y trabajadas por la sal que ha vuelto su piel de madera, gris y ajada"

“llegas a un puñado de casitas sobre palafitos, carcomidas por el viento y trabajadas por la sal que ha vuelto su piel de madera, gris y ajada”

En el muelle, algunos niños juegan sin entusiasmo y miran el mar sin poder siquiera imaginar historias de piratas, que para eso se necesitan abuelos que las cuenten y los que hay no parecen interesados en fábulas sino en conseguir cerveza y licor para olvidar sus propios sueños y acallar sus fantasmas.

   Se encuentran todos ahí, en la única tienda de abarrotes que es también cantina.

   Ahí está Isidro-Casimiro-Casi-no-miro, como bromea parafraseando su segundo nombre: dreds (trenzas rastafari)  ralas, pocos dientes, cuerpo esquelético adentro de la playera demasiado grande. Un icóno: el viejo garífuna borracho y pedigüeño que de inmediato te exige un cigarro, después algo de dinero, enseguida una cerveza, para acabar ofreciéndote “lo que quieras, yo te lo consigo”.

   Ahí está su compadre, del que no logras entender como se llama porque apenas lo masculla en la boca sin dientes, perdido ya, con su eterna sonrisa vacía de bebé anciano.

 I  Ahí está la mujer  de ojos claros, incongruentes en medio de tanta negritud, que rescatan con su brillo inesperado unas facciones comunes y poco agraciadas. Su esposo la vigila disimuladamente, dando vueltas perezosas en su bicicleta alrededor del establecimiento, así que ella no se atreve a aceptar la cerveza que los dadivosos turistas ofrecen a todos los convenidos, y tímida, pide un refresquito.

   Y ahí están también unos albañiles venidos de fuera a trabajar en la única casa importante del pueblo, la que está hecha de cemento y lista para ascender, en un futuro cercano, a un segundo piso. No nos atrevemos a preguntar el origen de tanta fortuna y nadie nos lo aclara. Los muchachos son de Guatemala y Honduras, emigrados a Belice porque “hay más posibilidad de trabajar y la vida cuesta menos”; afirmaciones que suenan un tanto ilógicas en el contexto donde estamos. Los garífunas no dicen nada, sólo escuchan.

   Hay pocos jóvenes y también están ahí; no sentados en el pasillo que rodea la tienda-cantina, no tomando, sino jugando futbol en un espacio cercano, transformado de momento en campo deportivo.

   Recargadas en un umbral, dos mujeres cuchichean y se ríen con esa timidez nerviosa y a la vez excitada que les provoca la presencia de foráneos y todavía más cuando se dan cuenta de que uno de ellos carga una cámara y las está fotografiando. Están vestidas de blanco y son robustas; al principio se defienden, se niegan, pero, frente a la insistencia, acaban por aceptar y hasta posan un poco, halagadas por ser el centro de tanta atención. No así reacciona una mujer mayor, mancha variopinta, masa tambaleante al ritmo de invisibles tambores, que se dirige a la tienda para comprar alguna mercancía; cuando se percata de que Alberto la está retratando, hace un ademán molesto y al llegar, se queja con el tendero maldiciendo al entrometido.

:Ahí está su compadre, del que no logras entender el nombre porque apenas lo masculla en la boca sin dientes, perdido ya, con su eterna sonrisa vacía de bebé anciano."

“Ahí está su compadre, del que no logras entender el nombre porque apenas lo masculla en la boca sin dientes, perdido ya, con su eterna sonrisa vacía de bebé anciano.”

El día declina en el mar y la melancolía se ciñe, junto con las primeras sombras, sobre la aldea. Los albañiles apuran sus cervezas y se despiden: ansían alcanzar sus hogares después de un pesado y caluroso día de trabajo. Nosotros también, los turistas, los visitadores tenemos que regresar; nos espera otro largo baile para conquistar el merecido descanso.

Nos alejamos. Atrás de nosotros, las miradas vidriosas de los viejos, las risas coquetas de las mujeres, los juegos sin aventuras de los niños, al adiós triste de los palafitos.

LIVINGSTON

   No lo sabíamos, pero ahí nos estaba esperando el destino bajo el aspecto de un garífuna de mirada irónica y andar ligero.

   Nos estaba esperando, aunque él no lo sabía y nosotros tampoco, asomado al barandal de un restaurant donde caímos justo al llegar, Felipe, nuestra llave de entrada al mundo garífuna de Livingston.

   Se ofreció espontáneamente, como una forma de resarcir la amabilidad recibida muchos años atrás, en otra vida, en otro país, por suerte, nuestro país.

   Y lo seguimos. Caminamos bajo el rayo del sol, dejamos el centro, las tiendas, las casas bonitas; cruzamos fugazmente una playa y nos introdujimos entre los matorrales de la orilla. Empezaron a surgir las chozas, encimadas las unas con las otras, tal vez para protegerse o darse valor. Los habitantes iban apareciendo como visiones fugaces; saludaban gentiles, nos miraban con interés, intrigados, luego intercambiaban algunas frases en su idioma pedregoso e incomprensible con Felipe, quien con seguridad les iba explicando el motivo de nuestra intromisión en su entorno, tranquilizándolos acerca de nuestras intenciones.

    Josefa nos recibió en su cabaña. Sentada en su cama como en un trono, nos dedicó la sonrisa condescendiente de una reina. Su cuerpo ancho y majestuoso, inamovible e inmóvil ídolo de piedra bruñida, se expandía con un leve resplandor, nos repelía, no con animosidad sino con el derecho adquirido a través del tiempo sobre el exiguo espacio donde apenas cabían sus escasos, queridos objetos y pertenencias: unos retratos, unos cacharros, unas cortinas ajadas, pocos muebles destartalados.  No necesita hablar Josefa; sólo nos mira con sus ojos líquidos y su sonrisa apenas esbozada, tal vez conmiserándonos desde la profunda sabiduría de quien ya ha transitado por la vida y conoce todas sus trampas, su futilidad. Y tú te sientes, poco más o poco menos, una cucaracha que se ha colado con el afán de encontrar algo que roer, aunque tu intención en realidad no era esa, sino… ¿qué? De pronto dudas, ya no sabes a qué fuiste, ya estás avergonzado frente a tanta dignidad, tanta amabilidad, tanto dolor y tristeza contenidos, que adivinas apenas porque ella no hace halago de nada, sólo calla y sonríe.

…”Josefa; sólo nos mira con sus ojos líquidos y su sonrisa apenas esbozada, tal vez conmiserándonos desde la profunda sabiduría de quien ya ha transitado por la vida y conoce todas sus trampas, su futilidad…”

 

De nuevo el aire, el sol. Felipe avanza tranquilo, su paso, sin ser veloz, se come el terreno sin ningún esfuerzo mientras nosotros jadeamos atrás de él, empapados y dando traspiés. La noticia de nuestra presencia se ha esparcido y hay más fantasmas que acechan o se asoman de puertas y ventanas. Unos niños dejan sus juegos y corren a nuestro encuentro; están emocionados y no se hacen del rogar para posar frente a las cámaras. Unas modelos en miniatura ponen en práctica una consumada técnica de aleteos de pestañas, caídas de párpados, posturas elaboradas y sonrisas falsamente tímidas.

 Nos falta probar algo de comida típica y Felipe no nos falla; en un patio, tres mujeres jóvenes, probablemente amas de casa, rodeadas de niños, están preparando una masa a base harina de maíz y de yuca, dándole forma de rosquillas que luego fríen. Nos convidan y nos parecen sensacionales: el sabor sencillo de lo esencial.

   La visita está por acabar, aunque Felipe nos promete seguir mañana. IMG_1499Tiene mucho que contarnos sobre los garífunas; es un hombre informado y entusiasta, con aquella necesidad de compartir el amor a su gente que nace del miedo y del presentimiento de la extinción próxima de los valores más profundos y verdaderos de su pueblo a causa de un falso concepto de modernidad. Sabe que el idioma está en peligro, como la comida y la música, aunque ésta siga subsistiendo porque es la expresión más vital y necesaria, porque nace con ellos y de ellos y no se puede callar tan fácilmente; aunque sí se puede deformar, sí se puede domesticar, sí se puede comercializar y globalizar. Y Felipe no quiere eso. Lucha como puede. Da clase a los niños, habla con las autoridades para pedir oportunidades, sensibiliza a quien se deje sobre la problemática, nos hace notar cosas que de otra manera nos pasarían desapercibidas. Por ejemplo, la desaparición de los garífunas de todas las tiendas, restaurantes y bares del centro de la ciudad, donde antes eran amos y señores, sustituidos ahora por indígenas mayas q’eqchí y por chinos.

Preguntamos la razón, pero no sabe, nadie sabe y las hipótesis son de la más distinta índole, desde una especie de racismo por parte del gobierno, a una mayor agresividad de las otras etnias, a la indiferencia, apatía y tal vez pereza de los propios garífunas que prefieren vivir con las remesas de sus parientes emigrados a los EU que luchar por defender sus derechos y su territorio.

   En la noche constatamos que es cierto: comemos comida garífuna cocinada por una mujer maya en un restaurante chino; de todos modo nos resulta deliciosa, en especial el “tapado”, una sopa de pescado que me hace sentir en el mero paraíso.

Así como, al día siguiente, en el desayuno, comprobamos cuan vigente sigue el racismo cuando el dueño de la fonda, al vernos convivir y compartir la mesa con Felipe, al cual hemos invitado agradecidos, sigilosamente nos pone en guardia sobre estos estafadores que se aprovechan de los turistas desprevenidos para asaltarlos o, en el mejor de los casos, para sacarles dinero. Por fortuna Felipe no se da cuenta o, tal vez, finge no darse cuenta. Y yo siento una rabia y una impotencia infinitas: Livingston es patria de los garífunas ¿con qué derecho los están borrando, haciéndolos invisibles, confinándolos a un gueto, uno más en la historia injusta de la humanidad?

Por eso hay que hablar, hay que denunciar, hay que concientizar, por eso Felipe ha aceptado abrirnos la puerta de su comunidad: es una oportunidad de que el mundo se entere, un mensaje lanzado en una botella a las inmensas aguas del océano, tal vez su voz tenga eco ¿por qué no? Le prometemos no defraudarlo y, más allá de las dudas que me asaltan, juro que haremos lo posible. Este escrito es parte del compromiso y lo estamos cumpliendo.

PUNTA PLACENCIA

IMG_1752   Las cabañitas parecen de cuento: en frente del mar, palafitos de madera pintada de verde y amarillo. El pueblo es pequeño, y todo está al alcance: la tienda de los chinos, por ejemplo, bastante bien surtida, donde compramos un One Barrel Rhum, excelente ron que vuelve fluida la plática y amansa el humor.

   La noche se antoja para eso, para conversar y reír, recordar las anécdotas del viaje, hacer proyectos, sentados en la terracita con el vaso en frente y una sensación de felicidad queda, sin motivo. El mar acompaña discreto: su música es sosegada, apenas perceptible, sin embargo, presente. Estamos a la mitad del recorrido, pero ya en la ruta de regreso; la consciencia de lo efímero nos acecha desde algún rincón de nuestra mente, pero nos ha ido tan bien hasta ahora, nos sentimos tan a gusto, que posponemos el momento de ponernos melancólicos y nos entregamos a este presente rotundo y perfecto.

   No queremos pensar que, pronto, esta paz será un mito: hemos visto un inmenso, absurdo desarrollo turístico al acecho en las afuera de este paraíso y sabemos por la triste experiencia de nuestro país que cuando estará acabado, nada será igual pues el paso demoledor del turismo de masa hará estragos y borrará la posibilidad de sentirse en comunión con la naturaleza. Acallará la voz del mar con el sonido del hombre, apagará las estrellas con mil luces artificiales y nos duele, aunque sabemos que no hay nada que hacer.

   A la mañana siguiente, de camino hacia Hopkins, nuestro próximo destino, nos detenemos en una aldea garífuna llamada Siene Bight. Buscando establecer algún contacto con la gente, paramos a tomar una cerveza en un barecito a orillas del camino, apenas un diminuto hoyo negro que huele a leña quemada y sudor, pero la Belikin está a la temperatura exacta: fría, helada al punto perfecto. Tenemos suerte: el dueño es afable y trata de conversar con nosotros más allá de la dificultad del idioma. Hay otro parroquiano, un muchacho delgadísimo, callado, serio que, en un principio finge no interesarse a la conversación pero acepta la cerveza que le ofrecemos y termina por relajarse.   Nos sorprende cuando, al enterarse de lo que andamos buscando, deja a un lado la IMG_1649-Editar-Editar-Editardesconfianza y se ofrece a ser nuestro guía en la gira de exploración de su pueblo. Éste nos muestra la misma estampa que ya hemos visto en otras partes: calles de tierra, casuchas que parecen abandonadas por su estado de deterioro pero que se revelan habitadas cuando descubres que de sus paredes desvencijadas se asoman hilos con ropa tendida. Damos vuelta por este inframundo en búsqueda de un lugar abierto, hasta que damos con el local  de una señora muy amable. La temperatura de la cerveza nos convence que estamos entre gente que de veras sabe vivir. El discurso vuelve a girar sobre nuestro interés por la cultura garífuna y nos quejamos de que todavía no hemos tenido la suerte de escuchar música en vivo. IMG_1642Y cómo parece que en este viaje se nos conceden los deseos nada más con expresarlos, se materializan de la nada dos tamborileros y la música se hace. ¡Dios de los tambores alabada sea tu generosidad! Nos sentamos afuera en una barda y en breve tenemos reunida a nuestro alrededor a toda la aldea, cantando y tocando en nuestro honor. Descubrimos que, por una afortunada ley de la compensación, nosotros estamos tan felices de estar ahí como ellos de complacernos. No sólo, de pronto empiezan a aparecer personajes, como si estuvieran interpretando una obra montada a la medida para los espectadores extranjeros, con el tema: vida y costumbres de los garífunas. Pasa un hombre que carga un voluminoso mortero de madera quemada; lo detienen y él mima con una maestría digna de un gran actor, una escena de cómo se utiliza para machacar plátanos hasta formar una pasta de múltiples usos culinarios. Se entusiasma tanto que se trepa sobre una columna, y moviendo su mortero, se exhibe en una serie de poses plásticas, al borde de la caída. El maestro de ceremonias, aparecido entre risas y bromas, es un hombre que habla muy bien español y nos presenta a todos. IMG_1700Así nos enteramos que algunos de los presentes, entre ellos Daniel, han sido soldados y han viajado a Inglaterra: “muy lejos” es todo el comentario que merece tal experiencia. Hay un muchacho que juega basket, como delata su estatura inmensa, y también ha viajado; de los otros sólo nos dicen el nombre. Todos quieren ir a México y se ofrecen armar un grupo para tocar en nuestro país; vemos brillar en los ojos ilusionados el sueño que se hace realidad por un momento, cuando el Negro promete averiguar la posibilidad de organizar un concierto en Oaxaca. Nos gustaría quedarnos pero tenemos todavía camino que recorrer para llegar a Hopkins y buscar alojamiento para la noche. Nos despedimos y no puedo evitar sentir en sus apretones de mano y en sus abrazos la nostalgia de quien sabe que se trata de un adiós.

HOPKINS O EL DIOS TAPIR

   La primera epifanía la tuvimos en el camino de Barranco, al atardecer, en esa hora crepuscular donde todas las visiones son posibles, en medio de la neblina inquietante que se eleva de la selva, aureolada de mosquitos y de insectos fosforescentes a la luz de los faros. Apareció de improviso, majestuoso e imperturbable, mirándonos con ojos de fuego sólo un momento, para luego

IMG_1655-Editar-Editar-Editar-Editar-Editarretomar su disfraz más común de perro callejero y salir corriendo de nuestra vista, no así de nuestras vidas, ya que de allí en adelante tuvimos pruebas fehacientes de que su espíritu nos seguía escoltando y -¿por qué no?- cuidando. Intuimos que esa forma de revelación era reservada a los iniciados y nosotros lo éramos: nos acompañaba, nada y nada menos, que el mayor experto mundial en tapires, el renombrado profesor Chamuco, autor clarísimo de varios manuales de fama internacional sobre vida y costumbres del nunca suficientemente ponderado y enigmático animal. IMG_1627Sin embargo, el mayor acierto del docto científico era su exhaustiva y profundísima investigación acerca de las innumerables formas que adopta el  tapir para camuflarse y así engañar a los ingenuos, desprevenidos o neófitos que creen o desean acercarse a él. Desde que aceptamos esta flamante verdad, la luz nos inundó y la presencia del dios Tapir se hizo patente a lo largo de todo el viaje.

   Recorríamos una brecha de terracería rumbo a Hopkins, la última etapa de nuestro itinerario, cuando el vidrio trasero del auto decidió darse por vencido y se desmoronó sin hacer caso de nuestros repetidos intentos para convencerlo a regresar a su lugar.  Se trataba de un percance no menor, puesto que no sólo nos exponía a la tierra y al polvo del camino, sino que nos dejaba en poder de las malas intenciones de los adoradores de las propiedades ajenas. Pero estábamos bajo el influjo de un fatalismo inconmovible que nos inspiraba a tomar todo con filosofía, seguros de que algún santo proveería a solucionar el problema. Me disculpo, ya a estas alturas, nuestra fe en el poder del dios Tapir se había afianzado, por lo que, más bien sabíamos que él no nos abandonaría.

   Con esta convicción, ingresamos al pueblo y llegamos a la plaza principal. Chamuco, se acercó a un grupito de hombres reunidos alrededor de un auto, presumiblemente descompuesto explicó lo ocurrido. De parte de ellos no hubo palabra; el que tenía cara de ser el más experto se acercó a la puerta posterior, la abrió, sacó del bolsillo del pantalón un manojo de destornilladores en miniatura y con una velocidad IMG_1731impresionante, la desmontó. Lo que siguió representa un ejemplo meridiano de la capacidad de improvisación que logran desarrollar los habitantes de lugares donde escasean los implementos pero abunda el ingenio. Con la ayuda de otros asistentes, que bajo su dirección llevaban o traían lo necesario, como un tubito de pegamento, un alfiler, un lápiz que se utilizó para untar y hacer llegar la sustancia hasta los huecos más diminutos, nuestro hombre reparó la minúscula pieza de plástico que había causado la avería, y en un santiamén, volvió a colocar todo en su lugar. Con un ademán perentorio, nos indicó accionar el botón eléctrico que controla el movimiento del vidrio, y ante nuestras miradas maravilladas e incrédulas, funcionó a la perfección. ¡Alabado seas dios Tapir por tu inmensa sabiduría que nos condujo hacia las manos más expertas!

   Llenos de gratitud e iluminados, decidimos que nos merecíamos una restauradora comida garífuna, para empezar un abundante plato de rice and beens. La fonda desierta y con un aire un tanto desolado, se iluminó de pronto con la risa y la desbordante vitalidad de Rosita cuyos apapachos a base de “lo que quieras papito” y “dime mamita” nos resultaron más reconfortantes y sabrosos que las viandas. Por su recomendación terminamos el día en un lugar de cabañas perdidas en la vegetación y frente al mar, llamado “Jungle Jeanie”.

IMG_1756 - Version 2   Ahí tuvo lugar la segunda epifanía del dios Tapir.

“El tapir le gana al jaguar” – nos reveló Jhonatan, el bar tender, mesero, barrendero, milusos de Jungle Jeanie, con una seguridad asombrosa, sirviéndonos un vaso de One Barrel en la barra de la palapa multiuso del hotel, donde habíamos acabado después de una noche infructuosa en búsqueda de diversión – “cuando el jaguar lo ataca, él aprieta sus músculos y lo atrapa de modo que ya no puede zafarse y así lo empieza a zarandear hasta que lo mata.”

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   Nos quedamos mudos de estupor. Cada uno de nosotros trataba de imaginarse la escena; yo veía al jaguar subirse al lomo y quedarse atrapado con las patas entre los muslos del tapir, pero era una imagen algo difícil de concebir y me quedaban varias dudas sobre la dinámica de la lucha y notaba a mis compañeros tan intrigados y confusos como yo. Sin embargo, habíamos aprendido que en lo relacionado al tema, no cabían incertidumbres ni vacilaciones: era como una religión, o se cree todo o se es apóstata e indigno de formar parte de los seguidores. Así que, sin objetar, seguimos oyendo.

Hay un tapir ciego que vaga en los pantanos; de repente se aparece y te mira con sus ojos lechosos y aunque sabes que no te ve, asusta.

   Me acosté con estas palabras en la cabeza. En la noche el tapir ciego me visitó. No me daba miedo ni lástima. Se acercaba con dignidad y proclamaba: “estoy ciego, pero veo mejor que tú”. Con esta lapidaria sentencia se desvanecía y yo desperté sintiéndome un poco avergonzada.

BELIZE CITY

  

No se puede afirmar que sea una ciudad hermosa, más bien se podría decir lo contrario. Sin embargo, al ser tan tajantes se tiene la sensación de estar cometiendo una injusticia, como sucede con algunas personas quienes, aun sin ser favorecidas con unas facciones armoniosas o un cuerpo escultural, poseen otras dotes que nos las hacen parecer hasta bonitas.  En el caso de Belize City cuesta trabajo identificar cuáles sean estas dotes: la mayoría de sus edificios están en un estado lamentable, las calles del centro estruendosas, sucias y atiborradas de gente, las tiendas con mercancías polvorientas y un aire de abandono fatal; en fin, tal vez para mí el motivo de su encanto esté en la presencia del río que la atraviesa. Confieso que tengo una debilidad hacia las ciudades asentadas sobre el agua, ya que nací en una de ellas; así que me evocan siempre una atmosfera especial.

  En esto pensaba, mientras contemplaba la corriente, las lanchas de los pescadores y el puente, a un costado del cual estábamos comiendo en una terraza de madera que más bien parecía una barcaza vieja y desvencijada. La música tenía un volumen tan elevado que se volvía un tormento, además el repertorio era de un mal gusto tal, que me estaba quitando el apetito. Y de pronto sucedió: un disparo, luego otro. La escena se petrificó y hasta las bocinas enmudecieron por un largo instante. Después, algunos comensales se levantaron y salieron corriendo del local, otros, más temerarios o tal vez más inconscientes, se acercaron hacia el lugar de donde provenía el estruendo.

Uñas“Ahí estaba la foto” seguiría diciendo el Negro que ve la vida en fotogramas, lamentando no haber tenido a la mano su cámara que nunca, nunca deja, excepto en algunas desafortunadas excepciones. Ahí estaba la foto, mejor dicho el retrato de la injusticia y del subdesarrollo: un joven, tal vez de veinte años, perseguido a balazos por dos policías, no tiene otro remedio que buscar escabullirse, echándose al río; pero lo alcanzan y siguen disparando, entonces se rinde. Ahí está la foto: el muchacho sale del agua con las manos levantadas, desarmado, frente a los policías que lo tienen en la mira de sus armas. Hablo de injusticia porque no hay delito tan grave que merezca una sentencia de muerte sin apelación. Pero afortunadamente no pasó nada y podemos seguir fingiéndonos turistas despreocupados en busca de emociones fuertes.

   La contrapartida de esta escena la vivimos en la noche, en un local que reúne a una concurrencia muy diferente y lejana de la pobreza y el abandono que vimos a lo largo de nuestro recorrido y en la ciudad misma. Es ladie’s night por lo que la prevalencia del género femenino es apabullante, así como lo son los atuendos y los cuerpos espectaculares de muchas de las convenidas, enfundadas en mini vestidos que dejan muy poco espacio a la imaginación, con piernas kilométricas arriba de unos zancos vertiginosos, maquillajes fosforescentes y peinados elaboradísimos, en fin todo lo necesario para hacerme sentir una mosca en la sopa, aunque, en este caso la matáfora resulta poco afortunada puesto que soy la única blanca en un universo negro. Además de estas bellezas, que provocan un estado cercano al éxtasis, es decir a una beatífica idiotez en el Negro y en el Chamuco, la música, la bebida y el ambiente son agradables y nos parece que es un cierre de oro para nuestro viaje. Mañana, en efecto, emprenderemos el regreso a México y dejaremos atrás a Belize, a los garífunas, a la Belikin, al One Barrel, a los palafitos, a los tambores, a la selva, a las pirámides, llevándonos sólo el recuerdo de un viaje casi perfecto.

Galería Fotográfica

Miguel Andrade (Chamuco) ©2013

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   Llueve a ratos y a cántaros. Sobre los techos de zinc, las gotas hacen un ruido infernal. Se podría creer que esa cortina espesa no se va a levantar en horas, pero, de la misma forma abrupta con la que se desploma, de pronto desaparece y sin mediar segundos, el sol empieza a abrasar con una ferocidad homicida. Como recuerdo del aguacero sólo quedan unos efímeros charcos que reflejan un cielo imperturbable, ya sin nubes, y una humedad malévola que se mezcla con el sudor y te moja todo el cuerpo.

Llueve a ratos y a cántaros. Sobre los techos de zinc, las gotas hacen un ruido infernal. Se podría creer que esa cortina espesa no se va a levantar en horas, pero, de la misma forma abrupta con la que se desploma, de pronto desaparece y sin mediar segundos, el sol empieza a abrasar con una ferocidad homicida. Como recuerdo del aguacero sólo quedan unos efímeros charcos que reflejan un cielo imperturbable, ya sin nubes, y una humedad malévola que se mezcla con el sudor y te moja todo el cuerpo.

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