Belice


   Llueve a ratos y a cántaros. Sobre los techos de zinc, las gotas hacen un ruido infernal. Se podría creer que esa cortina espesa no se va a levantar en horas, pero, de la misma forma abrupta con la que se desploma, de pronto desaparece y sin mediar segundos, el sol empieza a abrasar con una ferocidad homicida. Como recuerdo del aguacero sólo quedan unos efímeros charcos que reflejan un cielo imperturbable, ya sin nubes, y una humedad malévola que se mezcla con el sudor y te moja todo el cuerpo.

Llueve a ratos y a cántaros. Sobre los techos de zinc, las gotas hacen un ruido infernal. Se podría creer que esa cortina espesa no se va a levantar en horas, pero, de la misma forma abrupta con la que se desploma, de pronto desaparece y sin mediar segundos, el sol empieza a abrasar con una ferocidad homicida. Como recuerdo del aguacero sólo quedan unos efímeros charcos que reflejan un cielo imperturbable, ya sin nubes, y una humedad malévola que se mezcla con el sudor y te moja todo el cuerpo.

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